-Adiós -dijo ella un día.

-Yo la miré marcharse sin decir nada,
pero la seguí con la mirada desde mi ventana.

Luego tomé lápiz y papel, fui tras ella
y la hice versos, de los pies a la cabeza,
todas sus debilidades y fortalezas,
todos sus miedos; toda su belleza.

La secuestré entre las líneas de un cuaderno
durante aquella noche lluviosa de abril…

-¿Está confesando?

-Si. Y cada mañana miraba las páginas y decía:
“Buenos días amor. Nunca te irás,
mientras yo pueda escribir.”

-Entonces, a la luz de los acontecimientos,
¿Cómo se declara?

-Culpable, señoría. Culpable de amarla hasta perder la cordura.

-Emanuel Fernández (Memoria de un crimen sin victimas)

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