Pasos lentos,
canas y arrugas.
A esto se reduce
inevitablemente
el tenaz fulgor
del ser humano.

Como si la vida
nos llevase acelerados
a la máxima expresión
para al final
hacer burlas sádicas
sobre la fragilidad del ser.

Allí te conviertes en niño.
Y ves el resultado
de la suma de tus actos.
Y lamentas, quizás,
no haberte quejado menos,
No haberte reído más.

Ves lo que construiste,
te alcanza lo que destruiste.
Y empieza a no importarte estar sólo.
No porque no haya gente a tu lado
Sino porque sabes que te vas
Y que nadie podrá ir contigo.

Las manos tiemblan,
Los pasos son débiles.
El tiempo es corto
Y los huesos frágiles.

Perdiste fuerza, y ganaste sabiduría
Aunque eso no siempre pasa.
Pues los hay también cabrones; viejos sin fuerza
Con los que hasta el tiempo fracasa.

Mi abuelo solía decir a veces:
«¡Lo que vas a hacer, hazlo pronto…
…pues no tienes todo el tiempo,
Y el tiempo te va haciendo tonto!»

Y al final siempre decía,
Quizás para que enfatice:
«¡Y eso no lo inventé yo,
La misma Biblia lo dice!»

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