​Mi América nació con pedazos muertos
entre odio y llanto; con sangre en sus puertos.
No quedó lágrima en sus ojos perdidos,
ni oro, ni luz, ni verdor en sus huertos.
 
Y con el tiempo le apagaron las lumbreras;
las mejores, de las pocas que quedaban.
Tiraron su alma y corazón a la hoguera
y mataron sus tesoros; los que de verdad brillaban.
 
Y le calaron el alma hasta lo más profundo
saqueándola toda cual sitio sin dueños.
Y la hicieron una de esas partes del mundo
hacia donde van errantes a morir los sueños.
 
Pero aún le quedan luces a mi América.
Aún se alza en las cenizas un camino.
Y la sueño regia, justa y liberta,
con otro horizonte; con otro destino.
 
 A mi tierra y otras tantas de América.
-Emanuel Fernández

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