Que quise que fueran míos los labios
que te susurren por la mañana,
y que mis besos aderezen tu piel
mientras el sol se asoma a tu ventana.
 
Tú que fuiste mi más hermosa brevedad,
hija de todos mis sueños y delirios.
Que fueron tus ojos mi luz y oscuridad,
razón de mil tormentas y martirios.
 
Yo amé tu simple dualidad.
Tu ardiente visita y tu calma.
Que hacías temblar y traías paz.
Que secabas lagunas y calabas el alma.
 
Esa delicadeza extraña
en tu profunda mirada
junto al fuego vivo que nacía
en tu mejilla arrebolada.
 
Eso fue todo lo que no supe decirte
y lo que me inundaba por entero
pero somos dos intransigentes;
yo fantasma oscuro y tu chispero.
 
Tú te contentas con pocas llamas,
yo entro a la hoguera y me incinero.
Para mí era sólo una pequeña flama,
para ti era demasiado fuego un «te quiero»
 
—Emanuel Fernández

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