—XIX—
 
​Recuerdo que, de niño,
solía divertirme entusiasmado
mirando mi reflejo deforme
en un viejo auto aparcado.
 
Hoy, me sorprende no reconocer,
luego de lo mucho que he crecido,
el alma oscura y deforme
en la que ese niño se ha convertido.
 
Pero a veces, un día cualquiera
al pasar otra vez junto a un coche
veo de nuevo aquel niño sonriente
y vuelvo a sonreír bajo la noche.
 
Sonreír para poder seguir viviendo,
para no perderme sólo en el camino;
y que no se muera del todo el niño,
y que no se apague el amor entre espinos.
 
—Emanuel Fernández

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