​Ella entonces se miró al espejo y decidió ver más de lo que el reflejo le decía. Fijó los ojos en aquellas cuencas sobre sus pómulos marcados, y recordó la niña que jugaba junto a la vieja estantería. Vio las cenizas que quedaron de sus llamas sofocadas; lo que siempre quizo y pudo ser mas se entregó cual ave encadenada. Sólo allí supo que siempre tuvo todo lo que en alguien más buscaba, y que nadie le amaría más de lo que así misma ella se amara.

     Entonces corrió aquel día lo más rápido que pudo, arrastrando con escuetas fuerzas un alma perdida, un cuerpo desnudo. Y se prometió vivirse y ser feliz, sabiendo que no quería ser sólo llovizna. Se descubrió entonces siendo tormenta sobre un cielo de verano, y tras aquello no fue nunca más la misma.
–Emanuel Fernández

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